mayo 10, 2026

1 Pedro 2.1-9 Commentary

Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios,para que anuncien los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable

I Pedro 2.9, RVR1960

Trasfondo bíblico-teológico

Preguntarse por la naturaleza y misión de la iglesia en estos tiempos implica que tengamos que realizar una serie de reconocimientos además de una fuerte autocrítica. Lo primero, porque si no fuera por la inconmensurable fidelidad del Señor de la mies, hace mucho tiempo que diversas comunidades de fe hubieran desaparecido; y lo segundo, porque a pesar de nuestros grandes esfuerzos por dinamitar (siempre decimos que lo hacemos “involuntariamente”) la existencia de la Iglesia del Señor, ésta sigue ahí, en medio de la historia, manteniéndose con dificultades, pero lamentablemente a veces, con un discurso triunfalista que no hace justicia a la realidad. La iglesia subsiste, afortunadamente, porque su contraparte, su correlato y su meta es el Reino de Dios. Cuando la iglesia se aleja de ese objetivo central, así sea un milímetro, inmediatamente surgen y se despliegan otros intereses en su interior que amenazan con hacerla volar en mil pedazos. Y es que ella, tristemente, ha dejado de ser, por ejemplo, una de las grandes referencias éticas para las sociedades actuales. Sólo hay que voltear a ver a las grandes iglesias que apoyan, a ciegas, las incongruencias morales de Donald Trump en sus dos periodos presidenciales. Practican una especie de “suspensión de la ética cristiana” al momento de verlo como el gran paladín de la ultraderecha, haciendo caso omiso de sus inmensos traspiés morales, algo que en otro tiempo les costó candidaturas a varios políticos. Y qué decir de lo que se refleja en la serie argentina El reino (2021, 2023). El gran ejemplo de señalamientos divinos hacia la iglesia, como bien sabemos, es Apocalipsis 2-3, las cartas del Espíritu a las comunidades de fe de Asia Menor.

La identidad de la iglesia: pueblo de Dios

La eclesiología de Pedro se sustenta hondamente en la experiencia del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. La nostalgia que lo invadía, como buen judío, acerca de la vida comunitaria de la antigüedad se fue modificando mediante su progresiva comprensión de que Dios había fundado, a través de su hijo Jesucristo, un pueblo nuevo no basado ya en la raza o la cultura sino en la universalidad de la gracia. No obstante, su comprensión de dicha universalidad tuvo que travesar por diversas etapas, una de las cuales, quizá la de ayor importancia fue aquella orden que recibió en la visión que le enseñó a no calificar como “inmundo” ni a rechazar aquello que Dios había “limpiado” para incorporar a su pueblo (Hechos 10.10-20). Este concepto, ampliado con el paso del tiempo para incluir personas de toda raza, pueblo o nación (lo incluido bajo la palabra griega ethné), tuvo que establecerse en su conciencia religiosa y teológica para poder transmitirlo con conocimiento de causa. Su conflicto con san Pablo tuvo que ver precisamente con su actitud diferenciada y excluyente hacia quienes no eran judíos (Gálatas 2.11-15; Pablo tenía una clara conciencia acerca de los “ministerios culturales” de ambos: 2.7-8), de modo que las duras “clases” de eclesiología que recibió estuvieron marcadas por conflictos religiosos y culturales que le afectaron de manera personal, algo que no sucede muy a menudo.

Pero el concepto de Pueblo de Dios (am; laós) se fundaba, al menos en tres elementos: la raza, las instituciones y el destino. Las dos primeras se transformaron sustancialmente y la tercera se mantuvo como un horizonte de fe y de salvación. Porque, como bien dijo el propio Señor Jesús: “Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras” (Mateo 3.9), con lo que el motivo racial pasó a un segundo término. De ahí la importancia de lo que afirma I Pedro 2.10. “Antes, ustedes no eran nada, / pero ahora son el pueblo de Dios. / Antes, Dios no les tenía compasión, / pero ahora los ama mucho”. Los no judíos fueron insertados en el tronco mayor del pueblo histórico y antiguo de Dios, y así participan de la elección divina, del “linaje escogido” por Él para salvación. Aquí se trata de insertarse, por medio de la fe, en esa construcción espiritual (oikos pneumatikós eis hierateuma ágion) que tiene a Cristo como piedra fundamental (v. 5), que enlaza con el tema que sigue.

La vocación comunitaria: un pueblo de sacerdotes

En conexión con lo anterior, para Pedro resultaba muy importante redefinir el lugar de cada integrante de la comunidad, de ahí que su lenguaje se sirvió de algunas metáforas que fueron incorporadas al entendimiento de la conformación del pueblo de Dios de todas las épocas: “piedras vivas”, “templo espiritual” (2.4), “real sacerdocio” (2.9). Pero detrás de todo estaba la vieja utopía de que todo el pueblo de Dios estuviera integrado por sacerdotes y sacerdotisas en igualdad de condiciones para dirigirse y presentarse ante Dios, aunque también estaba de fondo el componente profético (Núm 11.29). Ese sueño dorado venía desde la época de Moisés, cuando el Señor se lo dijo expresamente: “Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éxodo 19.6), que Pedro cita en la versión de la Septuaginta y cuyo sentido ha sido discutido ampliamente:

Unos relacionan el texto con el estilo deuteronómico; pueblo particular de Dios entre las naciones, Israel cumpliría frente a ellas las funciones que el sacerdote ejerce en la sociedad. Esta interpretación parece anacrónica: el Deuteronomio, centrado en el pueblo de la alianza, no se preocupa lo más mínimo de las naciones. Otros opinan que el texto refleja la situación que se creó después del destierro. Al faltar los reyes, dado que el país dependía de un soberano extranjero, los sacerdotes tienen la autoridad: Israel es “un reino gobernado por sacerdotes” (E. Cothenet).

La perspectiva comunitaria del antiguo Israel contenía este ideal oculto y pocas veces desplegado por la realidad histórica. Pero ahora, a partir de Jesucristo, ya no habría impedimento para que dicha igualdad en el compromiso moral y espiritual se realizase en la vida cotidiana. Ésa fue la razón por la que la Reforma Protestante retomó el proyecto y lo relanzó como un sacerdocio efectivo y auténtico, tal como lo expresó Lutero en “A la nobleza cristiana de la nación alemana”, uno de sus documentos mayores de 1520: “Hemos sido absolutamente todos consagrados sacerdotes por el bautismo, como dice san Pedro: ‘Sois un sacerdocio real y una realeza sacerdotal’; y el Apocalipsis: ‘Tú hiciste de nosotros por la efusión de tu sangre sacerdotes y reyes’ (Ap 5.10)” (M. Lutero).

El servicio de la iglesia: anunciar las bondades divinas

En el final de I Pedro 2.9 aparece el objetivo de servicio que debe cumplir la comunidad de fe, pueblo de Dios, desde la nueva perspectiva del Reino de Dios: “anunciar las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable”. El componente del servicio es el punto climático con el que se aterriza todo lo advertido previamente, pues esta actuación de anuncio de las bondades de Dios marca y define claramente el papel que debe desempeñar la iglesia en el mundo. Otra traducción digna de citarse es ésta: “publicar las proezas del que os llamó de las tinieblas a su maravillosa luz” (E. Cothenet). Los/as creyentes deberán ejercer su “sacerdocio real” mediante la proclamación de las hazañas de Dios que, por medio de la pascua de su siervo, los ha hecho pasar de la oscuridad a su luz admirable. Este esfuerzo proclamador vendría a establecer la superación definitiva del judaísmo para abrir completamente la puerta de la salvación a toda la humanidad, sin distinciones. La tarea misionera es expresada de una forma simbólica que abarca todas las posibilidades para dar testimonio de la obra divina grandiosa llevada a cabo en medio de la historia. En 1 Pedro 3.15 lo dirá con otras palabras muy conocidas: “dar razón de la esperanza”, es decir, de la manera lo más inteligible posible, en medio de tiempos cada vez más complejos. Pero el servicio también debe diversificarse y abarcar todas aquellas áreas humanas que necesitan ser invadidas por esa luz resplandeciente. En todas ellas ha de desplegarse la creatividad para que la iglesia sirva adecuadamente a un mundo urgido de amor, paz, justicia y bienestar.

Conclusión

La articulación de estas tres facetas (que pueden ser muchas más: unidad, compromiso social, promoción de la ciudadanía, entre otras) contribuye a delinear los signos de una iglesia viva, deseosa de encarnar en el mundo las realidades humanizadoras genuinas que proceden del Evangelio de Jesucristo. Y se articulan, en efecto, porque sin alguna de ellas sólidamente establecida se corre el riesgo de desfigurar o caricaturizar lo que la iglesia es y debe ser. Siempre dispuesta a dar fe de lo que ha hecho y sigue haciendo su Señor en el mundo, siempre atenta al devenir de los grupos humanos más vulnerables para darles voz, esperanza y los recursos a su alcance (educativos, formativos, económicos, asistenciales, sociales, etcétera), a fin de consolidar los derechos de quienes aún no los ejercen plenamente. La iglesia estará viva mientras acepte el desafío de su iniciador para hacer visibles las bondades del Reino que viene y se auncia, a veces muy imperfectamente, a través de ella.

En palabras de Dietrich Bonhoeffer: “La iglesia sólo es iglesia cuando existe para los demás. […] La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa “ser para los demás”. […] Tendrá que hablar de mesura, autenticidad, confianza, fidelidad, constancia, paciencia, disciplina, humildad, sobriedad y modestia”.

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