Por eso estoy completamente seguro de que el mensaje de Dios que anunciaron los profetas es la verdad. Por favor, préstenle atención a ese mensaje, pues les dirá cómo vivir hasta el día en que Cristo vuelva y cambie sus vidas. II Pedro 1.19, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo bíblico-teológico
Fieles a nuestra tradición de celebrar anualmente la existencia y la presencia de la Biblia, las Sagradas Escrituras como razón de ser de la iglesia gracias al testimonio que dan de la Palabra encarnada, Jesucristo, subrayaremos el hecho de que la centralidad de éstas es un asunto incuestionable para cualquier comunidad o grupo de comunidades que se precien de ser cristianas. Dicha centralidad puede ser vista, justamente por las corrientes que rodean y pretenden atraer (llámense teología reformacional o de la prosperidad, entre tantas otras) y por una visión predominante en la que dos conceptos nos comprometen demasiado con una sana imagen de lo que la iglesia debe ser. Según algunos: fundamentalismo e inerrancia, que supuestamente forman parte del mismo campo semántico. Más allá de que sea adecuado, el valor que se le da a las Escrituras reveladas era ya efectivo aun antes de que esos términos existieran, como veremos en la porción bíblica elegida. Su sinónimo más antiguo (Ley) referido solamente a la primera parte, abarcaba mucho más de su propio ámbito y dejaba escaso margen para las otras secciones de la Biblia hebrea que progresivamente alcanzaron un lugar propio: los Profetas y los Escritos. A ellas se agregaría el conjunto de textos producido en el primer siglo de la llamada era cristiana. De modo que hoy reconocemos como Escrituras sagradas a esos cuatro bloques de documentos que se establecieron como la autoridad máxima para la fe y la práctica, con todas las consecuencias hermenéuticas y teológicas que de ellos se derivan.
Centralidad de la Palabra
Por otra parte, el hecho de que esos documentos reconocidos como canónicos y plenos de autoridad debían servir como fundamento de la acción y de la reflexión teológica de la iglesia en toda su historia se convirtió en uno de los postulados que dieron origen a las reformas religiosas del siglo XVI, las cuales son vistas como antecedentes espirituales y culturales de toda la gama de iglesias conocida como “protestantismo”. Se da por sentado, entonces, que la acción, es decir, la práctica cotidiana (liturgia, educación, misión, servicio, ética) de las comunidades evangélicas consideran a esos documentos como eje de todo lo que ellas son y hacen. El criterio de denominar como “bíblico/a” cualquier acción o actividad que desarrollen, presente hoy y siempre casi como una obsesión para calificar todas las cosas relacionadas con la fe y la salvación, se volvió un absoluto al interior de las iglesias autodenominadas “reformadas”, es decir, las que surgieron en Francia, Suiza y Alemania durante la primera mitad del siglo XVI. La reflexión teológica, a su vez, fue experimentada con grados variables de interés y compromiso por las mismas iglesias, aun cuando la tendencia más visible al respecto fue otorgarle también un lugar muy importante en la existencia y trabajo de ellas, como puede apreciarse en los credos, confesiones y catecismos surgidos en su seno y en obras tan cruciales como lo fue la Institución de la religión cristiana, escrita por Juan Calvino.
Pero sucedió que, con el paso del tiempo que ocasionó (y sigue ocasionando) acomodos y reacomodos de las mentalidades reformadas según la cultura y la geografía, la reflexión teológica como tal tiene un lugar variable y, en nuestro caso, en el México y la América Latina del siglo XXI, sumamente ambiguo pues es vista con enorme sospecha y desconfianza dados los supuestos riesgos que puede producir para la ubicación doctrinal de quienes la practican. Por ello consideramos importante acercarnos a este tema en un día tan relevante para la fe, vida y misión.
“La palabra profética más firme [segura, confiable]”
En la presentación de su segunda carta apostólica, Pedro se refiere directamente a la forma en que él, junto con los demás apóstoles, se situó en relación con las Escrituras reveladas en la historia del pueblo judío. Sin la existencia todavía de un corpus textual cristiano canonizado que normara directamente la vida y misión de las comunidades del primer siglo, debía situar su trabajo en el marco de una continuidad orgánica y efectiva con el mensaje de las Escrituras antiguas, lo que hoy se conoce como “Antiguo Testamento”. En otras palabras, el apóstol buscaba legitimar todo lo que hacía al momento de anunciar “el poder (dúnamin) de nuestro de nuestro Señor Jesucristo y de su regreso (parousían)” (v.16) no con “fábulas imaginadas con astucia” (El Nuevo Testamento interlineal palabra por palabra). Asimismo, agregó uno de los criterios históricos más sólidos de su época para justificar su apostolado: haber estado presente desde el principio del ministerio de Jesús de Nazaret, esto es, en la manifestación de su filiación divina (v. 17; Mr 1.9-11), así como la voz que se escuchó directamente del cielo (v.18), en una teofanía monumental, la voz divina, deseada y anhelada por todo creyente, que autorizaba completamente las acciones del Señor. Ésa fue la base máxima de su autoridad apostólica que se encargó de recordar permanentemente, al grado de ser cuestionado por otros compañeros suyos como Juan (Jn 21) y Pablo de Tarso (Gá 2.11-14). Imaginemos qué epítetos utilizaría en estos tiempos este último si hubiera conocido a los representantes del “movimiento neo-apostólico” si a los que se acercaron a esos excesos los calificó de superapostóles (II Co 11.5). Aquí bien vale la pena recordar la sección de la Introducción a la teología evangélica, de Karl Barth, en la que se ocupa de explicar el final definitivo de la era apostólica.
Con todo, y eso es de lo más notable en el pasaje, Pedro agregó que, además de esa manifestación tan extraordinaria a favor de Jesús, tenía que haber un acompañamiento escrito, fundamentado en la revelación antigua registrada particularmente en la “palabra profética más confiable” (v. 19, RVC), es decir, la más pertinente, la más actualizada, la más polémica, pues esa vertiente de las Escrituras sagradas procede de una permanente confrontación directa con los sucesos históricos. Colocar esa palabra al lado del testimonio apostólico basado en una teofanía es, definitivamente, algo no suficientemente ponderado incluso hasta la fecha, sino que ha sido hasta tergiversado por el carácter bibliolátrico de las posturas de corte fundamentalista que se empeñan en destacar la llamada inerrancia como el factor determinante de la importancia de las Escrituras para todo lo que hace y piensa la iglesia. Con ello, se pasa peligrosamente por alto el papel eminentemente controversial que desempeñó el aspecto profético del mensaje divino que, fundamentado en la acción soberana del Espíritu, irrumpió tantas veces en la historia del pueblo para hacerse sentir como palabra nueva y fresca, más allá de los lineamientos de la ley, cuyo valor subrayaba, reforzaba y radicalizaba ante los intentos de domesticación de sacerdotes, monarcas y pueblo por igual.
De ahí la exhortación con que cierra el v. 19 en el sentido de “prestar atención a ese mensaje, pues les dirá cómo vivir [énfasis en la ética] hasta el día en que Cristo vuelva [manifestación escatológica final] y cambie sus vidas [establecimiento definitivo del Reino de Dios]” expresado en lenguaje metafórico: antorcha, oscuridad, amanecer. Sigue a ello una clara advertencia hermenéutica sobre la inexistencia de la “interpretación privada” (20b) que retoma el complejo horizonte del anuncio profético de los tiempos heroicos en los que algunos seres humanos “hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (21b) a contracorriente de los poderes, reales y fácticos, igual que hoy y siempre, a fin de hacer oír la voluntad divina para el presente.
Conclusión
Al ubicar la tarea apostólica en continuidad con ese legado, el apóstol traza una línea sumamente exigente para la iglesia de todos los tiempos, puesto que no lo hizo desde un punto de vista apologético, como si Dios, su Palabra, la iglesia o la fe misma tuvieran que ser defendidos por alguien sino con la firme intención de hablar, pensar y actuar con notoria pertinencia para los tiempos que corren. Si a eso le agregamos que la tradición reformada, en sus mejores manifestaciones, no ha dudado en seguir ese ejemplo tenazmente, somos desafiados hoy a actuar en consecuencia, no insistiendo solamente en asumir actitudes triunfalistas o retóricas para enfrentar falsos dilemas controlados por agendas impuestas exteriormente y sin un suficiente discernimiento para distinguir las que verdaderamente deben ocupar nuestra mente y planeación para la práctica de la misión eclesial. Ejemplo de esto son dos documentos que se han agregado a la prolongada historia de las confesiones históricas de la tradición reformada: las confesiones de Belhar (Sudáfrica, 1986, contra la segregación racial) y Accra (2004, sobre la justicia económica y ecológica). La reflexión teológica mucho se beneficiará de tomar esta consigna y desarrollarse como debería, de cara a los auténticos problemas sustanciales que Dios espera que resolvamos de la mejor manera con base en una adecuada interpretación y aplicación de su Palabra.
Así como lo afirma Karl Barth:
Entre las ciencias, la teología es la más hermosa. Desafía al máximo a la mente y al corazón. Se acerca profundamente a la realidad humana y abre la más clara perspectiva en dirección a la verdad, la cual es perseguida por toda ciencia. Es un paisaje con horizontes claros, distantes y magníficos, como el paisaje de Umbría o Toscana. Y es una obra de arte como las enormes y exóticas catedrales de Colonia o Milán. Sin embargo, entre las ciencias la teología es también la más difícil y la más peligrosa. Trabajarla puede resultar en desesperación o soberbia. Pero lo peor que puede sucederle a la teología es que se convierta en su propia caricatura.
Sugerencias de lectura
- Karl Barth, Revelación, Iglesia, teología. Madrid, Studium, 1972.
- Karl Barth, Introducción a la teología evangélica. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006 (Verdad e imagen, 166).
- La Confesión de Accra, en Comunión Mundial de Iglesias Reformadas, https://wcrc.eu/wp-content/uploads/2015/06/TheAccraConfession-Spanish.pdf.
- La Confesión de Belhar, en Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos, https://pcusa.org/sites/default/files/belhar_spanish_new.pdf.
- Milan Opocensky, “La belleza y el servicio de la teología”, en Faith challenged by history: reports, lectures, sermons and Bible studies given by the Rev. Dr. Milan Opocensky, while General Secretary of the World Alliance of Reformed Churches. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 2001 (Estudios de la Alianza Reformada Mundial, 44), http://teologiareformada-sigloxx.blogspot.com/2007/02/la-belleza-y-el-servicio-de-la-teologa.html.
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mayo 17, 2026
2 Pedro 1.16-21 Commentary