abril 14, 2024

Hechos 1:2-22 Commentary

LA DINÁMICA PASCUAL EN LA VIDA DE LA IGLESIA

“Se hace necesario que, de aquellos que nos acompañaron todo el tiempo en que el Señor Jesús estuvo entre nosotros, 22 desde que Juan bautizaba hasta el día en que el Señor subió al cielo, uno de ellos se nos una para ser testigo de su resurrección”.            Hechos 1.2-22, RVC

Trasfondo bíblico-teológico

Apenas se pasa la última página de los Evangelios, el libro de los Hechos transporta a un nuevo mundo, prácticamente impensable para la situación descrita previamente. Como sabemos, solamente Lucas decidió continuar con un proyecto narrativo. En la segunda entrega de la historia de Jesús, y ahora de la comunidad dirigida por el Espíritu, tal como había sido anunciado por Jesús, los cambios son sorprendentes. Los discípulos ahora son “apóstoles”, y habían comenzado a dejar la ingenuidad espiritual, social y política, para moverse en círculos cada vez más amplios para dar testimonio de su fe. La iglesia, en su crecimiento, se va mostrando como un conjunto de comunidades marcadas por la integración interracial, más allá de los límites judíos; los hombres y mujeres van más allá de la Ley y están conformando la realidad de una fraternidad nueva. En su centro está la conciencia firme de la presencia del Resucitado (Hch 1.14: con la presencia activa de las mujeres, primeros testigos de la resurrección)… Pero antes de eso, la iglesia naciente en Jerusalén (aunque el libro de los Hechos no deja de consignar la importancia de otros polos de expansión, como Antioquía), tiene que asumir la Pascua como una realidad liberadora, transformadora y renovadora de una realidad que ya no daba para más.

El carácter pascual del mensaje cristiano

Los Evangelios no fueron los primeros documentos producidos por las comunidades cristianas, lo cual implicó que su perspectiva incluyera algunos énfasis teológicos o doctrinales presentes en el ambiente, todo desde una perspectiva pospascual, es decir, en el caso de Lucas, a partir de la influencia de la interpretación paulina del acontecimiento de Cristo. Los autores de los textos experimentaron en carme propia el tránsito de lo que los estudiosos han llamado “del Jesús histórico al Cristo de la fe”, pues ahora se trataba de dar continuidad a la experiencia de Jesús de Nazaret. Pero en una situación incluso más exigente, pues el carácter sectario del grupo de discípulos debía ser sustituido ya no sólo por actitudes de crítica al sistema vigente, sino que ahora se les reclama la parte más positiva, más creativa, para insertar las consecuencias del anuncio de la venida del Reino de Dios en la realidad compleja del momento. También se ha dicho, mediante una frase que es casi un lugar común, que Jesús anunció la aparición inminente del reino de Dios y que lo que llegó fue la Iglesia, por obra y gracia del apóstol Pablo. Pero lo cierto es que el énfasis comunitario del libro de los Hechos debe ser leído en una clave eminentemente pascual, pues gracias al paso de Jesús por la cruz y por su posterior reivindicación mediante la resurrección, que la Iglesia pudo nacer y consolidarse.

Como resume Franz Hinkelammert: “En la tradición bíblica este tipo de sometimiento a la ley sacrificial es cortado por la fe de Abraham, y ya no aparece más. La situación de Jesús es completamente diferente. El trata de escapar, y al ser atrapado, es matado. Pero no se mata a sí mismo, sino que se pone por encima de la ley, aunque esta lo mate. Jamás acepta la justicia de su muerte: esta es injusta. Por tanto, en su resurrección la vence”.

El horizonte pascual de la Iglesia está marcado por el rechazo de la derrota de Jesús ante la muerte de Cruz y la “necedad” de afirmar su retorno a la vida. Ambos, Jesús y el nuevo pueblo de Dios, se imponen sobre el circuito sacrificial a través de la idea y la práctica de la entrega. Materialmente, sí, Jesús fue asesinado por el imperio y sus cómplices judíos, pero antes él había decidido entregar su vida; más tarde, el Padre mismo lo levantó de los muertos, como dice Juan, porque Jesús mismo tenía poder para tomar su vida nuevamente, sin ningún alarde de triunfalismo (10.18). Por eso Lucas retoma su relato con la conciencia transformada por el efecto pascual, es decir, el retorno efectivo de Jesús, ahora como Mesías resucitado, al terreno de las acciones humanas. Así, influiría en ellas a través del testimonio de sus seguidores. Jesús resucita y, con él, el impulso originario de establecer una nueva comunidad en el mundo. Rodrigo Polanco esboza la dinámica que dio paso a la realidad comunitaria de la Iglesia:

Jesús, al reunir al Israel verdadero, escatológico, estableció los signos comunitarios de la llegada del reino de Dios. Luego, a la luz de la experiencia de la resurrección y del envío del Espíritu y del definitivo rechazo de la mayoría de Israel, los testigos de estos acontecimientos asumieron y actualizaron esas formas preparatorias de la Iglesia que se constituye después de la pascua. Esta continuidad permite afirmar que el fundamento de la Iglesia radica en el acontecimiento global de Cristo. Esto implica que, bajo unas condiciones históricas nuevas, aparecen determinadas formas estructurales centrales de la Iglesia como consecuencias legítimas de la vida de Jesús. En la medida que la Iglesia se identifica con las autorrealizaciones de Jesús terreno, con su mensaje y destino, cabe hablar entonces de una continuidad estructural (énfasis original).

Pascua, libertad y fraternidad: el nuevo pueblo de Dios

El ascenso de Jesús a los cielos fue visto por la teología de Lucas como un acontecimiento básico, simbólico y fundador, para afirmar la ubicuidad de Jesús: su retorno a la vida implicó reintegrarse a la economía divina (el interior de la Trinidad), el espacio sagrado de donde procedió para actuar en el mundo. Al llevar consigo la carne humana renovada, en el seno mismo de Dios hay un cambio porque, literalmente, el Hijo de Dios no regresa igual que como vino, dado que ahora “acarrea” la humanidad que antes no tenía. Se trata, así, de un proceso de renovación en los dos sentidos: la humanidad entera es beneficiada por la encarnación divina, y el propio Dios es transformado con la carne resucitada de Jesús. El regreso a la realidad de los discípulos, futuros apóstoles, será ahora con la encomienda de organizar la comunidad, de hacerla resucitar con base en el énfasis pascual basado en el triunfo de Jesús sobre la muerte.

La dinámica vida-muerte-resurrección es instalada en ese preciso momento como razón de ser de la existencia de la Iglesia. Su forma de vida no puede estar dominada por los criterios del momento o por los dominantes en las épocas futuras de la historia. El poder político, económico o religioso entiende el surgimiento y la formación de comunidades de otra manera: cada comunidad debe alcanzar un estatus determinado para alcanzar prerrogativas o derechos. Ser misión, comunidad o iglesia es lo que preocupa a muchos, siguiendo así el juego de esas instancias ajenas a la dinámica pascual. Otro criterio que a veces se deforma es el estatus adquirido de ser miembro de una iglesia, algo así como obtener la credencial de un club o un partido político. El sentido de pertenencia a la comunidad es algo que va más allá de esas limitaciones, porque pertenecer a la comunidad es visto por Lucas como un don o un regalo del Espíritu.

Conclusión

La primera labor de la comunidad es caminar siempre hacia estar completa, pues así como experimentaron la ausencia de un discípulo-apóstol para completar el número simbólico de doce, así sería de ahora en adelante la labor de buscar nuevos discípulos/as para tratar de estar lo más completos posible. Ése es el motivo de la evangelización según Lucas, pues el siguiente paso es el de la consolidación y reglamentación de la fraternidad. La Iglesia siempre está incompleta y debe avanzar hacia estar completa, provisionalmente, porque sus integrantes son también, siempre, un resultado provisional de la misión. Ambos procesos se realizan, según Hechos, mediante el testimonio y la fraternidad, en una dialéctica que rebasa cualquier forma de artificialidad, como tantas veces se aprecia cuando se dice, por ejemplo, que las iglesias están “en campaña”. Aunque lo cierto es que o estamos permanentemente en campaña, para seguir con esa idea positivamente, o renunciamos al artificio propagandístico del mal llamado “evangelismo”, esa moda que nos invade periódicamente cuando queremos atraer a nuevos integrantes de la comunidad. Matías fue nombrado con base en algunos criterios que el grupo estableció, y pidió la dirección del Espíritu para validar su elección… mediante un juego de dados. Esta acción, aparentemente tan normal, pone en evidencia el hecho de que muchas definiciones al interior de la Iglesia se llevan a cabo con una subjetividad puesta en las manos de Dios. Sobre esta institucionalidad en ciernes al interior de la comunidad, agrega Polanco:

Esta continuidad estructural se puede notar en algunos signos comunitarios que se perciben como queridos y establecidos por Jesús. Esos mismos signos, al convocarse como asamblea, la comunidad primitiva los asume como suyos. Y por último, al final del proceso neotestamentario, esos signos llegan a ser una forma institucionalizada de la Iglesia primitiva. Cuatro son los principales.

En primer lugar, la fe en comunidad […] En segundo lugar, la identificación por comensalidad: Jesús dio una extraordinaria importancia a la comida en común, particularmente, en la última cena; luego de la pascua, la cena en común pasa a ser ocasión decisiva para la automanifestación del Resucitado (Lc 24.13-35); en fin, se institucionaliza con una forma litúrgico-cultual en la Eucaristía, como signo de unidad e identidad de la comunidad (I Cor 11.17-34). La tercera forma de continuidad estructural la podemos encontrar en la conciencia de ser signo de salvación para todos los pueblos […] Y en cuarto lugar, la predicación por mandato divino en y ante la comunidad: Jesús llamó a los Doce para ser signos de la llamada que Dios hace a todo Israel y para enviarlos a trabajar por la causa del reino y congregar de ese modo al pueblo escatológico de Dios (Mr 6, 7-13).[1]

La iglesia nace, muere y resucita cada vez, en la dinámica pascual del propio Jesús, quien recuperó su “estatus” gracias al tránsito humilde generado por una actitud básica de entrega y servicio a los demás. Ésa es la consigna para la Iglesia de hoy y siempre.

 

Sugerencias de lectura

  • Franz Hinkelammert, “Economía y teología. Las leyes del mercado y la fe”, en Pasos, núm. 23, mayo-junio de 1989, p. 15, n. 26.
  • Rodrigo Polanco, “La mediación eclesial de la salvación”, en Teología y Vida, Santiago de Chile, vol. 42, núm. 1-2, 2001.

[1] Idem.

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