Hermanos en Cristo, no les estoy dando un mandamiento nuevo. Les estoy repitiendo un mandamiento muy antiguo, que ustedes ya conocen: se trata del mismo mandamiento que Dios les dio desde el principio. Sin embargo, esto que les escribo es un mandamiento nuevo, y ya saben lo que significa, como también Cristo lo sabe. Él es la luz verdadera, que brilla cada vez más fuerte, y que hace que la oscuridad vaya disminuyendo.
I Juan 2.7-8, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo
La voz que habla en I Juan lo hace con una certeza casi total de transmitir el designio de Señor Jesús: basándose en las acciones suyas (en su “caminar”) se dirige a los/as seguidores para invitarlos y exhortarlos a vivir como él vivió (v. 6). A partir de allí se retoma el antiguo mandamiento siempre nuevo del amor que deberá considerarse como expresión máxima del seguimiento de Jesús. “El eslabón que une esta sección con la anterior es la palabra mandamiento. El autor vuelve con la antítesis luz y tinieblas […] Aparecen dos verbos: amar y odiar, respectivamente en los campos de la luz y de las tinieblas. Otra palabra clave de esta sección es hermano, demostrando claramente que el mandamiento tiene que ver con el hermano” (C. Vianney Malzoni). En la segunda secuencia de I Juan 2, explica M. Morgen, “no aparece la palabra ‘amor’; sin embargo, está centrada en la vida de Cristo, que es amor, y en su mandamiento único. El v. 6 prolonga la mirada que se acaba de dirigir al evangelio: ‘como (kathos) él (ekeinos) caminó’. Cada una de las palabras indica la referencia viva del cristiano. […] Cristo es un modelo que imitar, o mejor dicho, una imagen del Padre que contemplar” (M. Morgen).
Mandamiento nuevo, mandamiento antiguo (vv. 7-8)
El mandamiento es antiguo porque la comunidad lo ha conocido desde tiempos remotos (“desde el principio”, v. 7; Lv 19.18b: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”), pues se remonta hasta la Ley mosaica en donde cumplió una función importantísima en el camino de establecer una sociedad auténticamente igualitaria basada en el temor de Dios y en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas. Lv 19 es un conjunto de exhortaciones, parte del Código de Santidad, en las que el prójimo es colocado en el centro de la preocupación por la vida del pueblo: no oprimirlo, no robarle, no retener su salario, tratarlo con justicia, no atentar contra su vida, no odiarlo. Todo ello se dice antes de la exhortación a amarlo. El objetivo era llegar a la práctica perfecta del amor a Dios y al prójimo (N. Cardoso). El Señor Jesús lo retomó cuando fue cuestionado sobre el mayor mandamiento de la Ley y lo relacionó inevitablemente con el amor a Dios como segunda prioridad (Mr 12.31, 33). En otros lugares del NT se recupera y se aplica como parte de la práctica comunitaria de la fe cristiana (Ro 13.9; Gál 5.14; Stg 2.8).
El mandamiento es anterior a la comunidad, pero su novedad radica en que las tinieblas pasan y la luz verdadera ya se manifiesta porque es verdadero “en él [el Señor] y en ustedes” (v. 8). La oscuridad “va disminuyendo” cada vez que la comunidad lo practica y es visible al mundo. “El propio autor siente en su interior esta paradoja entre lo viejo y lo nuevo” (C. Vianney Malzoni). Antonio Gramsci lo expresó así: “La crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este terreno se verifican los fenómenos morbosos más diversos” (Pasado y presente. Cuadernos de la cárcel). La práctica del amor en Jesús y en la comunidad era el fermento de novedad que se estaba mostrando como transformación de las relaciones sociales.
Cristo cumple el mandamiento del amor y se convierte en guía para el camino por donde marcha el creyente. El mandamiento —en singular ahora, puesto que resume toda la ley (amar a Dios y al prójimo) es a la vez antiguo y nuevo; en cierto sentido, tiene la antigüedad del evangelio escuchado desde el principio por la comunidad; por otra parte, tiene la novedad de su actualización constante por los cristianos, en el sentido de que no deja de traducir la irrupción de la novedad de Cristo que brotó en su resurrección. Lo antiguo y lo nuevo se confunden en un comienzo que hay que renovar continuamente (M. Morgen, énfasis agregado).
Amar a los hermanos es estar en la luz (vv. 9-11)
El v. 9 retoma el tono de Lv 19 cuando se refiere a que odiar a un hermano/a es vivir en la oscuridad dado que una sociedad fraterna no puede basarse en el rencor o el resentimiento. Porque: “El que ama a los demás, vive bajo la brillante luz de Dios y no causa ningún problema a los de su iglesia [comunidad o grupo social]” (v. 10). Esta tercera secuencia concreta el tema del amor al hermano, la exigencia concreta, con nombre y apellido, ante la cual es imposible evadirse: “Cristo ha trazado el camino, mostrando que el amor al hermano constituye el test de una vida espiritual auténtica. Si el conocimiento cumple el amor de Dios en el corazón del creyente (v. 4-5), éste no puede pretender permanecer en ese amor sin amar al hermano según el ejemplo de Jesús” (Ídem). “El mandamiento se convierte en una luz que ilumina el camino hacia Dios (v. 10). El amor al hermano es también el lugar en donde me encuentro con Dios, en la gratuidad y la incondicionalidad de su amor a los hombres. Dios ¿es luz? El mandamiento del amor al hermano responde a esta cuestión” (Ídem).
La luz es la que revela la gran belleza del mandamiento, pues quien ama al hermano se mueve en la esfera de la iluminación divina auténtica. Finalmente se dice de un modo abierto cuál es el mandamiento en juego: es el amor al hermano. “Su parte contraria, el odio al hermano, recibe una condenación fortísima. Respecto a la oposición entre luz y tinieblas, el autor ignora por completo cualesquiera valores de transición entre amor y odio” (R. Schnackenburg).
Conclusión
“En Jn, durante la última cena, Jesús dice a sus discípulos: ‘Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros; como yo os he amado… (Jn 13.34)’. En 1 Jn el mandamiento del amor no es sólo nuevo sino también antiguo. Quizá en la mente del autor esté aquí incluida toda la ley: figura del mandamiento del amor que la realiza en plenitud” (C. Vianney Malzoni). Después de todo, como también enseñó san Pablo: “El cumplimiento de la ley es el amor” (Ro 13.10). Por todo ello, el amor en su expresión comunitaria es la expresión más visible y vivible de la obra redentora de Dios en Jesucristo. La iglesia es el espacio de amor por excelencia y adonde debe buscarse la presencia del Dios-amor del que hablará I Jn 4.8.
Sugerencias de lectura
- Nancy Cardoso, “Comida, sexo y salud. Leyendo el Levítico en América Latina”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 26, 1996/1, pp. 127-152.
- Rudolf Schnackenburg, Cartas de Juan. Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980.
- Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007.
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febrero 1, 2026
I Juan 2.7-11 Commentary