diciembre 28, 2025

I Juan 3.7-10 Commentary

Y sabéis que aquel se manifestó (efaneróthe), para que los pecados quitara […] Para esto se manifestó el Hijo de Dios, para que destruyera las obras del diablo.

I Juan 3.5a, 8b, Nuevo Testamento interlineal

La Navidad es […] una remembranza de que la historia del mundo está cumplida, de que el niño que ha nacido en un pesebre olvidado del vientre de una muchacha pobre ha traído consigo la definitividad de la historia, es decir, una nueva forma del tiempo.

En otras palabras: la respuesta de Dios al mal fue hacerse niño, indefenso, vulnerable, pobre y olvidado. El mal no se combate, así, desde el poder, sino desde el vaciamiento, la humildad total; desde la renuncia a la violencia y en los foros propios de la vida cotidiana, especialmente en la familia y en el alumbramiento de la vida que viene. La madre que alimenta con sus pechos a un recién nacido es más fuerte que todos los reyes y poderosos juntos y atrincherados (Diego I. Rosales).

Trasfondo bíblico-teológico

El Adviento es la práctica de una esperanza activa. Las grandes esperanzas mesiánicas que se forjaron en el antiguo Israel y que fueron alimentadas por las afirmaciones de los profetas (el primer Isaías y Miqueas, principalmente) son el telón de fondo de las enseñanzas sobre la presencia y actuación del Señor Jesucristo en todo el Nuevo Testamento. La forma en que fueron citadas en los relatos de Mateo y Lucas sobre su nacimiento han dejado una profunda huella en la memoria de fe de cientos de generaciones de creyentes. Así, lo anunciado en Isaías 7 (la doncella y Emmanuel), 9 (las dimensiones de su reinado) y 11 (la vara del tronco de Isaí), así como en Miqueas 5 (la pequeñez de Belén) cobró vida y significado visible al momento de experimentar los sucesos que acompañaron su aparición en el mundo histórico y sus acciones al servicio del reino de Dios.

Los enunciados de la Promesa que suscitan la esperanza entran en colisión con la realidad experimentable en el presente […] e interrumpen su lógica. Sus imágenes, sus símbolos y sus narraciones no son, por tanto, resultado de la experiencia histórica. Tampoco, fruto de los anhelos utópicos de seres humanos aplastados por el sufrimiento y cautivos en un topos injusto. En boca de los profetas se ofrecen como la condición de posibilidad de experiencias nuevas. No pretenden iluminar la realidad que está ahí, sino la realidad que viene. Aspiran a insertar esa realidad en el cambio que está prometido y que esperamos. No quieren ir a la zaga de la realidad, sino precederla (F.J. Vitoria).

La literatura juanina, sin concentrarse en los detalles del suceso de Belén, interpretó y expresó su relevancia para la vida humana al identificar a Jesús con el Logos/Verbo en el Cuarto Evangelio y se centró en afirmar enfáticamente el propósito de la aparición (efaneróthe) del Hijo de Dios en el mundo en I Juan 3.5, 8: quitar nuestros pecados y destruir las obras del enemigo. De estas declaraciones nos ocuparemos.

El amor que nos hace hijos/as de Dios (3.1-4)

I Juan 3 inicia con la afirmación del supremo amor de Dios que nos ha hecho sus hijos e hijas, con el cual ha borrado los pecados de la humanidad dispuesta a recibirlo. El amor fraterno debe ser, en consecuencia, resultado de ese esfuerzo divino por hacer presente su amor en el mundo. El amor es la única fuerza capaz de enfrentarse al pecado y así superar las exigencias de la ley (3.4). Jesucristo, gracias a la forma tan perfecta en que trasladó el amor de Dios al mundo, pudo “quitar nuestros pecados” (v. 5). Permanecer en él es “permanecer en su amor”, como tanto se insiste en el Cuarto Evangelio (“Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”: Jn 15.9-10). Amar y conocer se vuelven una misma cosa, pues para Juan no hay contradicción entre ambas realidades, posibilidades efectivas para todo ser humano (6b).

De ahí surge la conexión con la justicia: permanecer en el amor de Jesucristo conlleva practicar su justicia, porque él es justo” (7). Seguir dominados por el pecado es una injusticia (8a), pero si se ha nacido de Dios, el principio salvífico, la “semilla de Dios” (9) dará brotes, muestras claras de su justicia. Ésa es la distinción clave entre los hijos de Dios y quienes no lo son: la práctica efectiva de la justicia junto con el amor (10). Por eso el mundo, con sus estructuras injustas, se resiste a la práctica profética del amor de Dios en Cristo: “Si fueran del mundo, el mundo los amaría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece” (Jn 15.19).

El propósito de la aparición del Hijo de Dios (3.5-10)

La promesa de la vida eterna en Jesús introduce al horizonte de la esperanza cristiana. Aquí, el verbo manifestar (aparecer) es la clave para comprender la presencia del Hijo de Dios en el mundo y su propósito. Tajantemente, el v. 5 afirma: “Él apareció para quitar (are) nuestros pecados”. “Podemos decir que el autor utiliza aquí este verbo en dos planos cruzados. El primer plano es temporal: va de lo que ya se ha manifestado a lo que todavía está por manifestarse. El segundo plano apunta a quién se refiere la manifestación: al Hijo de Dios y a los hijos de Dios” (C. Vianney Malzoni). El Hijo de Dios apareció y se manifestó para obtener la superación de los pecados humanos. Permanecer en Él permite superar el principio del pecado precisamente porque Él justo (v. 6). La manifestación del Hijo de Dios incluye la de su justicia como persona, como ser humano ligado íntimamente a Dios (v. 7). Se ha manifestado ya para superar definitivamente el poder del pecado ocasionado por aquel que se opone a los designios de Dios. Es la vertiente eminentemente espiritual del conflicto frontal entre la voluntad divina de superar lo que sucede en la vida humana y que ocasiona la oposición a Dios.

El perdón de los pecados es consecuencia de la manifestación del Hijo de Dios y evidencia que quien practica el pecado pertenece al diablo (8a) porque éste ha pecado desde el principio (8b). El horizonte salvífico de la carta coloca a Jesús precisamente en el centro de la superación de esta realidad negativa, por la fuerza con que su manifestación consigue destruir/deshacer (lýse) las obras del diablo (8c). A esa primera manifestación le seguirá otra (2.28), la definitiva y final, por lo que es un anuncio de ésta. Relacionada con ella está también la manifestación de los hijos de Dios, quienes en el espíritu del Hijo dan a conocer que han superado el dominio del pecado. El nacimiento del Hijo de Dios es una confluencia de esas manifestaciones y permite sumarse al proceso salvífico en el que Él se hizo visible para afirmar la superioridad de la justicia divina.

Conclusión

La esperanza se ha cumplido. La realidad salvífica de Dios anunciada desde la antigüedad es ya una realidad innegable y lo que se avizoraba en el horizonte se ha cumplido efectivamente en la historia para impactarla y transformarla:

En ese impulso del “ahora o nunca” se inscribe también el tiempo de la esperanza cristiana como correlato de la Promesa del Dios de Jesucristo. La esperanza cristiana no nos convierte en videntes del futuro ni nos da ventajas para salir del atolladero terminal en el que nos encontramos. Pero sí se nos ofrece como perspectiva propia a la hora de divisar el futuro de este presente catastrófico y perplejo, y de esclarecer qué es lo razonable a la hora de vislumbrar su posible promesa y anticiparla en la historia. Esa mirada esperanzada no está fundada en ninguna utopía humana, sino en el cumplimiento de la Promesa de Dios (F.J. Vitoria).

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