febrero 8, 2026

I Juan 4.7-12 Commentary

Amados hijos míos, debemos amarnos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es hijo de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

I Juan 4.7-8, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico-teológico

La reconstrucción de la vida de las comunidades juaninas tiene deparadas muchas sorpresas: el Cuarto Evangelio refleja su actuación con la gente de fuera, mientras que las cartas se refieren a los de dentro. Los divisionistas ahora representaban al mundo (1 Jn 4.5) y ellos, más que “los judíos”, son señalados como “hijos del diablo” (3.10) (R.E. Brown): “Su error fue no amar a los hermanos y eso condujo a un cisma (2.19), a una separación por motivos doctrinales. Los cismáticos estuvieron a punto de ser la mayoría del grupo (4.5). Ambas partes interpretaron a su manera el legado del “discípulo amado”. “La iglesia posterior, al aceptar 1 Jn en el canon de la Escritura, mostró que aprobaba la interpretación del autor en vez de la de sus adversarios” (Ídem). Varias afirmaciones de los adversarios son válidas, por lo que la carta reprocha que no vivan según lo que plantean ellas. El autor los acusa de distorsionar la tradición recibida y empeña su autoridad doctrinal para demostrarlo (Ídem). De modo que estamos delante de un conflicto doctrinal intraeclesiástico que se va a zanjar mediante una declaración inesperada que se fue preparando, por así decirlo, desde la escritura del Evangelio y que aquí recibirá toda su efectividad teológica: “Dios es esto”.

Amar a Dios es conocer a Dios como amor (vv. 7-9)

La doctrina de los divisionistas no alcanzó a llegar al fundamento de una práctica efectiva, pues ella los cegaba para relacionarse sanamente con el resto de los integrantes de la comunidad. Negar la completa encarnación del Hijo de Dios en el mundo complicó su comprensión de las acciones del Señor como viables para su realización por parte de una persona completamente humana y divina al mismo tiempo. Creer que el Hijo de Dios no había “venido [completamente] en la carne” dificultaba la práctica de su amor en el mundo pues la restringía al ámbito de lo divino, tal como lo expresa 4.2-3: “Pero ésta es la mejor manera de reconocer el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios. Éste es el espíritu del anticristo, el cual ustedes han oído que viene, y que ya está en el mundo”. El autor llama a sus oponentes “seudoprofetas” (4.1, 5), por lo que su reacción es completamente encomiable para defender su postura. Para los divisionistas, “la existencia humana de Jesús, aunque era real, no era importante en el plan salvífico” (Ídem).

De ahí que la exhortación para amar a los hermanos pretenda complementar la unidad doctrinal que estaba en enorme riesgo.

Al igual que la recta confesión de fe, para el autor también el amor es una señal distintiva de los nacidos de Dios. En el amor se manifiesta de lleno la índole divina, porque Dios es amor por naturaleza. Así también el autor entiende ahora el amor de los nacidos de Dios como una designación esencial, sin dividirla por el momento en amor a Dios y en amor fraterno. Al tratamiento temático de ese amor al hermano sólo llegará (en el v. 11 no es el tema) al final de la sección (v. 20s), en que se ocupa de la realización práctica del amor. Para conocer la naturaleza del amor —del que Dios es la fuente y origen— el autor considera cómo lo ha practicado Dios. Se hizo visible y comprensible al enviar a su Hijo para la salvación del mundo. Este singular acto amoroso de Dios es para el amor de los cristianos norma y modelo supremo (R. Schnackenburg, primer énfasis agregado).

Todo cristiano auténtico es una persona que ama, en contraste con el que pertenece al mundo, pues aquel odia a los demás (3.13). “El amor como tal es la manera de ser de Dios y exclusivamente de Dios. Sin duda que el ‘mundo’ puede ‘amar’ también a los que se le parecen; pero sus instintos específicos son la mentira y el homicidio” (Ídem).

Si amamos, Dios vive en nosotros (vv. 10-12)

La categoría de hermano aparece como conflictiva justo después de la gran afirmación de Dios sobre el amor, de su identidad con él. La naturaleza del verdadero amor, según lo explica en el v. 10, “no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo”, esto es, que haya surgido un impulso humano para amar a Dios. Por el contrario, “Él nos amó primero”, como dirá en el v. 19. “El autor continúa meditando sobre la naturaleza del amor y, bajo la impresión del único y supremo acto amoroso de Dios, llega al conocimiento de que la revelación plena de lo que es el amor y la realidad de ese amor sólo se dan desde el acontecimiento que constituye el centro de la predicación cristiana y gracias a él” (Ídem). La manifestación histórica del Hijo de Dios es parte de esa acción amorosa y es el punto de partida para instalar el amor como razón de ser de la comunidad porque “los seres humanos no podían hacer del amor una fuerza existencial eficaz en el ‘mundo’, sino únicamente Dios” (Ídem). Los resortes que nos mueven mayoritariamente son otros: el interés, la ambición, el beneficio personal, etcétera, pero no el amor verdadero.

Sólo es posible amar a los demás cuando se comprende el origen divino del amor: “…si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos los unos a los otros” (11). El amor que viene de Dios y el que se practica entre hermanos/as tienen una relación íntima, pues quien ama a su hermano se suma a la dinámica divina: “El que pretende conocer a Dios conoce el amor; si no, no conoce a Dios y por tanto no ama (v. 8a). Puede deducirse entonces que el que conoce a Dios ha nacido de él y, por consiguiente, ama (v. 7). El autor declara que la fuente de todo amor está en Dios, porque ‘Dios es amor’. En este punto de la carta, llegamos a una afirmación solemne. Es el segundo atributo que se le da a Dios, después del primero: ‘Dios es luz’ (1.5)” (M. Morgen). Y aunque nadie ha visto a Dios, su amor experimentado en la comunidad permite experimentarlo a Él y se despliega en la comunidad (12).

Conclusión

El amor divino manifestado en el Señor Jesús en el mundo es lo que permite la unión genuina con Dios. El amor suyo resplandece en medio de la comunidad y va a permitir afrontar las diferencias que se vivían allí. La firmeza con que el autor se expresa acerca de la presencia del verdadero amor: “Quien ama conoce, contempla y permanece en Dios. […] Dios se hizo visible y el amor se encarnó en el Hijo que asumió la condición humana. […] Para contemplar a Dios, la nueva generación debe permanecer unida a la tradición y vivir en el amor mutuo” (C. Vianney Malzoni).

Sugerencias de lectura

  • Raymond E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica. 3ª ed. Salamanca. Ediciones Sígueme, 1991 (Biblioteca de estudios bíblicos, 43).
  • Michèle Morgen, Las cartas de Juan. Estella, Verbo Divino, 1988.
  • Rudolf Schnackenburg, Cartas de Juan. Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980.
  • Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007.

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