Lucas 13.1-5; 24-35 Comentario

En ese momento llegaron unos fariseos, y le dijeron a Jesús: ¡Huye, porque el rey Herodes Antipas quiere matarte! Jesús les dijo: Vayan y díganle a esa zorra que hoy y mañana estaré expulsando demonios y curando a los enfermos, y que el tercer día ya habré terminado.

Lucas 13.31-32, TLA

Trasfondo bíblico

La vida de Jesús de Nazaret no fue una novela de aventuras ni un paseo sin riesgos por la existencia humana. Fue, como bien lo narran los cuatro evangelios, parte de un proyecto amplio de manifestación de la voluntad divina para la humanidad: él encarnó en su persona la venida del Reino de Dios como espacio de gracia, amor y justicia, y un anticipo efectivo de ese Reino mediante la formación de un grupo de discípulos, llamados/as a ser iguales entre sí. Todo ello, inevitablemente debió confrontarlo con los poderes de su tiempo, de lo que da fe magníficamente Lucas 13 desde el inicio (vv. 1-5), al incluir el dato del asesinato de ciertos galileos por parte de Pilato y un accidente que mató a varias personas: “Hay un hecho social (insurrección de algunos galileos) y una catástrofe natural (caída de una torre). Los culpables no son los castigados o damnificados, sino el sistema mismo, por eso todos debemos cambiar de mentalidad y convertirnos” (Pablo Richard). Más adelante, el énfasis político reaparece cuando se refiere que algunos fariseos le anuncian a Jesús que el tetrarca Herodes Antipas quería matarlo (13.31, el mismo que actuará en el juicio contra él: 23.8-12). En ese momento, Jesús estaba enseñando acerca de la dificultad para entrar en el Reino de Dios (“la puerta estrecha”, Lc 13.22-30) mediante un resumen conflictivo sobre la autenticidad de algunos de sus seguidores, algunos de los cuales serán desconocidos a causa de su falsedad (vv. 25-27).

La oposición contra Jesús reforzó su sentido de misión

Al llegar a ese punto vino la advertencia de los fariseos sobre las intenciones del tetrarca. La reacción de Jesús es, se diría hoy, resiliente, pues muestra una enorme capacidad para adaptarse a una situación adversa. En vez de amedrentarse o agradecer el consejo, redobla su propósito de continuar actuando en favor de los poseídos y enfermos (32a) y anuncia que lo hará hasta que sea “llevado al fin” o “soy consumado” (32b), dado que deberá morir como profeta. Esta escena se encuentra en el centro mismo de la narración del viaje a Jerusalén (9,51-19,44) (José S. Croatto). “Jesús se autodefine como profeta. […] Jesús no puede desviarse de su meta, Jerusalén, a pesar de los buenos consejos de los fariseos que lo abordan (v.31). ‘Debe’ ir a Jerusalén, porque los profetas, según la gran tradición israelita, actuaron sobre todo en Jerusalén y allí fueron rechazados y perseguidos. Acto seguido, Jesús apostrofa [reprocha] a la ciudad, pero esta vez no se autodefine como profeta que muere en ella, sino que la define como ‘la matadora de los profetas’” (J.S. Croatto).

Es entonces cuando Jesús envía un mensaje a “esa zorra” (o zorro, en los escritos rabínicos, la palabra zorra se usaba para referirse a alguien inferior o de poco valor, es decir, un “don nadie”). Su labor no se frenaría por una amenaza del poder político-militar; él seguiría adelante “hoy, mañana y pasado mañana” (33a) en su proyecto de mostrar los signos visibles del Reino mediante acciones de servicio a las personas aquejadas por enfermedades, los más olvidados de la sociedad.

Jesús considera a Herodes Antipas (cf. 3.l, 19-20; 9.7-9; 23.6-10) un personaje astuto y taimado. No deberíamos pasar por alto la importancia de esta crítica contra una personalidad política. En el evangelio lucano no se considera sacrosanto ni el orden social romano ni tampoco aquellos que, como Herodes, lo apoyan. Jesús los critica libremente. “Más aún, Jesús no se somete a los modelos y prácticas sociales aceptadas por los romanos y sus aliados. Rechaza la violencia y explotación que, sin embargo, ellos aceptaban como elementos normales de la existencia; sus enseñanzas y comportamiento iban en contra de muchos otros modelos que aceptaban y aprobaban” (R. J. Cassidy, Jesus, Politics, and Society. Maryknoll, 1978, pp. 61-62; trad. esp.: Jesús, política y sociedad. Madrid, Cristiandad, 1981). (Robert J. Karris).

Preparar la obra de servicio y salvación

Herodes no iba a ser quien impediría a Jesús proseguir su misión, pues sólo cuando a Dios le pareciera conveniente, Jesús llegaría a Jerusalén, “y allí será levantado al tercer día como vindicación de Dios” (R.J. Karris). El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez explica muy bien la “perspectiva política” de Jesús: “Según Oscar Cullmann [biblista reformado francés], la llave del comportamiento de Jesús en materia política sería su ‘radicalismo escatológico’, basado en la espera de un advenimiento cercano del Reino. Para Jesús, todos los fenómenos de este mundo deben forzosamente ser relativizados de modo que su actitud se sitúa más allá de la alternativa ‘orden establecido’ o ‘revolución’”. Jesús se preocupó primordialmente por la conversión individual y no sólo por una reforma de las estructuras sociales, aun cuando las enjuició y evidenció. Con todo, aun cuando “el fin del mundo no está todavía por venir, podemos pensar que ‘estructuras sociales más justas favorecen también la conversión individual exigida por Jesús’”, en palabras de Gutiérrez. “En realidad, al predicar la conversión personal, Jesús señala una actitud fundamental y permanente: no se opone a una preocupación por las estructuras sociales sino a un culto puramente formal, sin autenticidad religiosa ni contenido humano. […] La miseria y la justicia social revelan una “situación de pecado” de quiebra de la fraternidad y la comunión; al librarnos del pecado Jesús ataca la raíz misma de un orden injusto” (Énfasis agregado).

Con esas premisas en la mente, Jesús preparó a los discípulos en una clara línea de contestación profética, sin ninguna posibilidad de colaborar con los poderes establecidos. Al marcar distancia de ellos (aunque formalmente fue asesinado como zelote, grupo violento radical con el cual también marcó una clara separación ideológica, pues era más revolucionario que ellos), enseñó a sus seguidores a relativizar el peso específico del sistema político en la realización de los planes de Dios: “Jesús nunca se organizó para tomar el poder político, lo que consideró en él una tentación diabólica; esto lo separaba de los zelotes. Su reino es universal, y no se hace historia por la imposición ni por la fuerza de la ley, sino por la fuerza del amor que gana libremente a los hombres, y los prepara para la irrupción definitiva de este reino” (René Castellanos).

Conclusión

Finalmente, como bien ha afirmado Jon Sobrino, “Jesús no propugna un amor despolitizado, sino un amor político, es decir, situado y con repercusiones visibles para el hombre” (énfasis agregado), pero a su vez critica todo poder dominador (Lc 22.25-28) y le niega su carácter de mediador entre Dios y los hombres. A los Césares les niega su carácter divino y su condición de última instancia, tal como hoy se pueden señalar los defectos a los gobernantes en la búsqueda del bien común.

La definición de Gutiérrez es muy útil para concluir: “El Reino es una nueva creación: postula la búsqueda de un nuevo tipo de hombre en una sociedad distinta. No se confunde con una sociedad justa, sino que revela la aspiración a una sociedad justa: se realiza en una sociedad fraterna y justa, y, a su vez, esa realización despunta en promesa y esperanza de comunión plena de todos los hombres con Dios. Lo político entronca en lo eterno” (G. Gutiérrez, énfasis agregado).

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