junio 14, 2026

Mateo 22.22-32 Commentary

…¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Mateo 22.31b-32, Reina-Valera Contemporánea

Trasfondo bíblico-teológico

La realidad de la continuidad o discontinuidad entre la vida y la muerte es algo que ha costado mucho trabajo procesar a las iglesias evangélicas pues la mezcla de elementos que ha habido no permite distinguir lo que puede rescatarse en el marco de la doctrina de la resurrección. El pasaje en cuestión, bastante conocido y citado es una ventana hacia la adecuada discusión y clarificación de lo que sucede con las personas que han pasado a la presencia del Señor. Una posibilidad de acercamiento al tema lo proporciona la distinción entre la “iglesia militante” y la “iglesia triunfante”, pues en ésta última se encuentran quienes ya forman parte del pueblo que adora a Dios directamente, cara a cara.

El problema y la esperanza de la resurrección (vv. 22.23-29)

El diálogo que Jesús tuvo con los saduceos, quienes no creían en la resurrección, por ser una creencia relativamente reciente es una excelente lección para abordar cómo superar los esquemas relacionados con la relación vida-muerte. Las grandes trabas que ellos tenían ante esa nueva creencia pueden explicarse por su concepto del cuerpo y de la realidad física. Ellos, los grandes terratenientes, los que se sentían descendientes de un gran sacerdote, aunque en el fondo trataban de resaltar más el significado de la palabra, “los justos”, los que dominaban el Sanedrín, se apegaban a lo que la Ley enseñaba y se aferraban a la tradición más antigua. Su intención fue cuestionar la enseñanza de Jesús que se alineó, según ellos, con las novedades apocalípticas. Por eso acudieron a una historia hipotética para ilustrar la ley del levirato de Deuteronomio 25.5-10 con el fin de acorralar a Jesús con la certeza de que no habría una explicación suficiente del supuesto problema. Algo así como el debate acerca de si los difuntos vienen o no a saborear los alimentos y bebidas que disfrutaron en su vida terrenal: es un problema falso en el que entran en juego los sentimientos acumulados, el duelo bien procesado y la memoria de las personas.

Es evidente que los muertos no regresan, según lo afirmó el propio Señor en otro lugar (Lucas 16.31). De ahí el énfasis de su respuesta inicial (“Ustedes andan equivocados porque desconocen las Escrituras y el poder de Dios”) que plantea la doble dificultad de los saduceos: no comprender el espíritu de las Escrituras, que ya es delicado, sino peor aún, no captar la grandeza de poder de Dios que comparte su vida con su creación y, en este caso, con las personas. Los dilemas de la vida y la muerte son asunto serio para Dios y lo deben ser para nosotros también. Por ello el Señor reconduce la pregunta y la coloca en el marco más adecuado: la sana comprensión del mensaje divino y un buen entendimiento del poder de Dios, el cual se sitúa en la dimensión de la afirmación de la vida, el horizonte de la fe en el que se cumplirán todas las promesas relacionadas con el futuro y la eternidad.

El Dios de los vivos, no de los muertos (vv. 30-32)

A continuación, el Señor ofrece una gran lección de doctrina escatológica al afirmar que en la resurrección las personas “ni se casarán ni se darán en casamiento” y serán “como los ángeles de Dios en el cielo” (22.30). Esto quiere decir que, a la luz de la realización final del reino de Dios, varios aspectos de la vida humana se relativizan o pierden su importancia. Se hace “innecesaria la propagación de la especie humana por medio del matrimonio” (A. Levoratti). Es aquello a lo que los teólogos denominan las cosas “últimas” y las “penúltimas”, es decir, que lo más relevante en el plan de Dios se impone sobre las realidades cotidianas y contingentes que tienen su importancia propia, pero que, confrontadas con el horizonte final de la voluntad divina, pasan a un segundo término. Las creencias que surgieron en el periodo intertestamentario incluían precisamente los ángeles, que eran considerados como seres asexuados ajenos a las veleidades de la vida humana. De allí se nutrió la doctrina cristiana al momento de elaborar esa parte de las creencias. Pero luego el Señor interpretó Éxodo 3.6 ¡en clave escatológica! al aplicar a ese versículo la resurrección de los muertos y ver a Abraham, Isaac y Jacob como personas vivas por lo que su conclusión lógica es una aportación magnífica al tema: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (v. 32b). Por lo tanto, ellos y quienes han pasado a la presencia de Dios están vivos y permanecen vivos, ¡ahora mismo! La consecuencia es clara y sumamente creativa: “Jesús afirma que Dios no podría llamarse el Dios de los patriarcas, que ya no existen, si estos no estuvieran vivos de alguna manera” (Ídem).

Por esa razón viene a cuento la afirmación cristiana de la comunión de los santos, pues ésta abarca no sólo a la iglesia “militante” sino también a la iglesia “triunfante”, aquella que ya contempla el rostro de Dios en toda su luminosidad e intensidad. Asimismo, y esto es lo más inquietante y renovador, los que estamos en el mundo siguiendo al Señor estamos y seguimos en comunión con aquellos que nos antecedieron porque siguen vivos y no requieren acudir o presentarse en términos de temor o terror, pues, por el contrario, su cercanía pasa por el filtro del amor, de la comunión, del recuerdo, de la cercanía espiritual, afectiva, entrañable.

Conclusión

El Dios de vivos en el cual creemos es el origen, fuente y garantía de la vida por encima de cualquier posibilidad de oposición desde la muerte a su voluntad. Ante la presencia de Dios todos aquellos creyentes que han entrado a la dimensión eterna están vivos, por lo que reciben la vida que él comparte. Todos quienes han muerto en Cristo están vivos en la presencia de Dios y esperando una gloriosa resurrección. La cercanía con Dios produce la certeza de una vida plena y auténtica, más allá de los lazos mortíferos que pretenden socavarla.

Sugerencia de lectura

  • Armando J. Levoratti, “Evangelio según san Mateo”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007.

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