Nehemías 9.23-31 Comentario

Les ordenaste obedecer tu ley,
la cual da vida a los que la obedecen,
pero ellos fueron rebeldes y orgullosos,
y no la obedecieron.
NEHEMÍAS 9.29, TLA

 

Trasfondo bíblico

El ejercicio de la autocrítica por parte del pueblo antiguo de Israel está muy presente en buena parte de los recuentos históricos que aparecen en el Antiguo Testamento (Dt 32.1-43; Os 2.2-23; Ez 16.1-63; Sal 106.1-48). El esquema de todos ellos es: soberanía y fidelidad, desobediencia y juicio, rescate y restauración. El reconocimiento de los errores históricos formó parte del análisis de la historia de salvación que formaba parte de la alianza con Yahvé. El pueblo, y más la tarde la nación, entendieron claramente que la alianza implicaba compromisos y eventuales sanciones si no se cumplían sus condiciones. Así lo explica Walter Brueggemann: “Israel sabe, y lo acepta en diversos lugares, que cuando desobedece, afrenta o se burla de Yahvé, éste castiga”. Dicho autor coloca el tema como parte del conocimiento de “la negatividad de Dios”, es decir, aquellos espacios históricos y espirituales en la vida del pueblo en los que se asomó otro rostro de la divinidad y se refiere precisamente a las sanciones que el pueblo recibió al faltar a las condiciones de la alianza. Existen incluso “catálogos” de las maldiciones que recibiría Israel por causa de la desobediencia (Lv 26, Dt 28) y que tendrían un efecto inmediato. “La declaración del cumplimiento de esas sanciones aparece en los oráculos de juicio de los profetas”, agrega Brueggemann. Las sentencias mismas eran introducidas mediante la frase “por eso”, en el sentido de “a consecuencia de” para relacionarlas con las acusaciones.

Confesar honestamente la desobediencia

La aceptación explícita de la desobediencia en la oración de Nehemías 9 es uno de los elementos centrales en la recapitulación que se hace para recomponer la visión posterior al exilio, entendido como el mayor castigo que Israel había recibido. En la perspectiva de la Torá deuteronomista, la desobediencia a la Torá es precisamente la que provoca la catástrofe del 587 a.C., que precipita a Israel a la quiebra del exilio. En su forma canónica, los profetas están informados por la Torá y acentúan su invitación a la vida y su advertencia sobre la muerte (W. Brueggemann). Uno de los mayores signos de la desobediencia, vista como rechazo de la ley divina (9.26a) fue el asesinato de los profetas.

La asociación es inmediata y directa: “Desobedecieron tu ley, / y mataron a tus profetas”. Los mensajeros divinos lo que hacían era reivindicar la ley: llamaban al arrepentimiento y a obedecerla (26b). La reacción de Yahvé fue contundente al entregarlos en poder de sus enemigos y así “hacerlos sufrir” (27a). El peso de ese castigo fue insoportable y los antepasados tuvieron que pedir ayuda (27b). el v. 28 recuerda el carácter cíclico de la desobediencia de Israel y cómo, invariablemente, Yahvé lo socorrió.

La confesión en el marco de la alianza

Los vv. 29-30 dan fe de la extrema discontinuidad a la que llegó la dinámica de la alianza: a las órdenes de obedecer la ley de vida, el pueblo respondió con rebeldía y orgullo, la paciencia de Dios fue amplia y la denuncia profética fue la muestra de ello. Pero la resistencia y no escuchar las advertencias los hizo caer en poder de sus enemigos. Con todo, el amor divino se impuso y el pueblo no fue destruido (31a). En todo ello se manifestó la ternura y la compasión de Yahvé (31b). Ante las situaciones tan extremas que habían impactado en las generaciones anteriores y presentes, la oración retomó la continuidad de la alianza y colocó las desobediencias del pasado en un marco positivo ante las manifestaciones divinas de apoyo y ante los avances en la reconstrucción integral del pueblo.

A Israel le quedaba planear y reconstruir la nueva vida que Yahvé le había concedido gracias a su perdón. Esta planificación y reconstrucción se convierte en la tarea permanente del judaísmo. Es obvio que la labor del judaísmo siempre tiene lugar después del exilio y se sitúa en el horizonte de la tendencia congregadora, sanadora, reconciliadora y amorosa de Yahvé. La forma en que Israel debe modelar su vida a fin de responder a ese futuro milagroso es una cuestión que siempre se ha de tratar a la luz de las negociaciones que ya se han llevado a cabo (W. Brueggemann).

Conclusión

Las grandes lecciones históricas, sintetizadas en esta gran plegaria de confesión, fueron sedimentadas así para producir una de las mayores expresiones de arrepentimiento individual y colectivo, una auténtica necesidad discursiva y espiritual, al momento de tomar el nuevo camino que la alianza con Yahvé le mostró al pueblo en ese momento crucial:

En la confesión individual y colectiva, el creyente demuestra su sensibilidad a la revelación de Dios, y su firme deseo de superar su condición. […]

Estas oraciones son un modelo de la capacidad que tenía el autor-cronista de incluir los eventos históricos importantes en la liturgia del pueblo. La reflexión histórica en la oración permitía que el pueblo recordara las acciones salvadoras de Dios y su intervención en momentos de crisis nacional.

Ese recuento histórico contribuía al desarrollo de la fe y la esperanza y, además, era un vehículo educativo muy importante para la comunidad. Estas oraciones, que se recitaban en diversos cultos, contenían lo sustancial de la fe de Israel: el Dios bíblico interviene en medio de las realidades del pueblo (Samuel Pagán).

Siempre que el arrepentimiento sea sincero, Dios responde con nuevas manifestaciones de su gracia y amor a fin de reincorporar a los creyentes a la alianza que Él ha establecido con el pueblo. La confesión honesta de los errores cometidos permite que la restauración se lleve a cabo con una fuerte carga de compromiso renovado para asomarse con profunda esperanza a los horizontes nuevos prometidos por el Creador y Sustentador.

Sugerencias de lectura

  • Walter Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento. Un juicio a Yahvé: testimonio, disputa, defensa. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2007.
  • Samuel Pagán, Esdras, Nehemías y Ester. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 1992.

 

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