octubre 18, 2026

Romanos 3.21-26 Commentary

Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, y de ello dan testimonio la ley y los
profetas. La justicia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, es para todos los que creen en él.
ROMANOS 3.21-22a, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo bíblico-teológico

Pocas veces se explica con suficiencia la doctrina de la justificación por la fe como uno de los grandes principios de la Reforma protestante. Alguien que lo hizo con notable suficiencia fue el teólogo metodista argentino José Míguez Bonino, quien definió claramente lo que se conoce como el principio material derivado de ese gran movimiento religioso del siglo XVI. A su lado, el principio formal, es decir, la autoridad exclusiva de las Escrituras, expresan claramente los alcances de la reforma religiosa no solamente en esa época. Para él, la justificación por la fe es, ni más menos que el eje de la reforma. Para confirmar su dicho, cita la frase de los Artículos de Esmalcalda (1537, 5) proveniente del reformador: “Ninguna persona piadosa puede ceder ante este artículo ni conceder o permitir nada en contra del mismo, aunque el cielo, la tierra y todas las cosas se derrumben. […] Sobre este artículo reposa todo lo que enseñamos y vivimos, en oposición al Papa, al diablo y al mundo. Por eso, debemos estar muy seguros de él y no dudar; de lo contrario, está todo perdido y el Papa y el diablo y todos nuestros adversarios obtendrán contra nosotros la victoria y la razón”.

La justicia por medio de la fe (Rom 3.21-24)

Debe quedar claro que el gran “descubrimiento” de Lutero aconteció al leer a fondo la carta a los Romanos (1.17: “Porque en el evangelio se revela la justicia de Dios, que de principio a fin es por medio de la fe, tal como está escrito: ‘El justo por la fe vivirá’”) que cita al profeta Habacuc (2.4). Para entender este hecho, hay que recordar el pavor de Lutero a no ser salvo ante el juicio de Dios, algo que compartió con sus contemporáneos en un ambiente sumamente opresivo: “…para muchas personas, la Iglesia de Roma se había convertido en una fuerza muy opresiva. Uno de los antiguos lemas de la Iglesia Católica era extra ecclesiam nulla salus: fuera de la Iglesia no hay salvación. Eso significaba que ninguno podía esperar alcanzar la salvación después de la muerte si no vivía como miembro de la Iglesia Romana, sometiéndose a las autoridades que Dios había puesto en la Iglesia” (D. Brondos).

El propio Lutero solamente pudo librarse de esa ansiedad mortal al encontrarse de frente con Cristo, la fe justificadora y la gracia en la carta a los Romanos: “Pero ahora, aparte de la ley se ha manifestado la justicia de Dios…” (3.21a). Esa idea, “aparte de la ley” muestra el rostro renovador del pensamiento paulino y lo acerca a las conclusiones del cap. 5. La justicia de Dios, escribe Pablo, ya había sido testificada por la ley y los profetas, por lo tanto, no era en sentido estricto una novedad (la cita de Habacuc es fundamental). Al manifestarse la justicia divina en Jesucristo, luego de la gran afirmación negativa del v. 23 (“Por cuanto todos pecaron…”) se abren las puertas de la magnanimidad divina: “…siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (24).

La fe que justifica impacta a la humanidad y la acerca nuevamente a Dios (Rom 3.25-26)

En su prefacio a esa epístola (uno de los más extensos como era de esperarse), Lutero se expresa así, en palabras memorables:

Esta epístola es la verdadera parte principal del Nuevo Testamento y el evangelio más puro. Es digna de que todo cristiano, no sólo la sepa de memoria palabra por palabra, sino también de que se ocupe en ella como su pan cotidiano del alma. […]

Las obras de la ley es todo lo que el hombre hace y puede hacer en conformidad con la ley por su libre voluntad y por sus propias fuerzas. Pero dado que bajo y junto a esas obras permanece en el corazón el desgano y la obligación hacia la ley, por ese motivo todas esas obras son perdidas y sin ninguna utilidad. Esto quiere expresar San Pablo en el capítulo tercero cuando dice: “Ningún hombre será justificado ante Dios mediante las obras de la ley” [3.20]. […]

De aquí proviene que solamente la fe justifique y cumpla la ley, pues obtiene el espíritu por el merecimiento de Cristo, espíritu que hace al corazón alegre y libre como lo exige la ley; de este modo las buenas obras provienen de la fe misma. Esto es lo que indica en el capítulo 3, después de haber rechazado las obras de la ley, dando la impresión de que quisiera suprimirla mediante la fe. No, dice, nosotros establecemos la ley mediante la fe, esto es, la cumplimos mediante la fe. […]

Todos son pecadores y sin la gloria de Dios [3.23], deben ser justificados sin merecimiento alguno por la fe en Jesucristo [3.24], quien nos lo ha hecho merecido por su sangre y ha llegado a ser un instrumento de propiciación por parte de Dios que nos perdona nuestros pecados anteriores para probar con ello que su justicia, que él entrega en la fe, es la única que nos ayuda.

La gran obra divina de la justificación se basa en que Cristo es “la propiciación” (hilastérion) y por medio de la fe en su sangre otorga la salvación. Dios, la fuente de la justicia, se manifiesta en su Hijo y obtiene la justificación para quien cree firmemente en él: “Esto lo hizo Dios para manifestar su justicia, pues en su paciencia ha pasado por alto los pecados pasados, para manifestar su justicia en este tiempo, a fin de que él sea el justo y, al mismo tiempo, el que justifica al que tiene fe en Jesús” (3.25b-26, RVC).

Conclusión

La fe en el único mediador absoluto, Jesucristo, es lo único que justifica delante de Dios. Es una de las grandes doctrinas que caracterizan al protestantismo en todas sus manifestaciones, más allá de los elementos tradicionales, geográficos o culturales. La soteriología protestante tiene su base más profunda en ella. Ser justificado es experimentar la libertad absoluta del pecado, del egoísmo, del mal, de la injusticia. Si solamente la fe justifica es posible situarse en el mismo horizonte apostólico que aplicó la obra de Jesucristo con mayor consistencia que en otras épocas, aun cuando la doctrina de la justificación tiene una historia propia y sustanciosa.

 

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